Nuestros niños ¿la esperanza de qué?

Un cielo azul, y un redondel, es el dibujo de un niño…

(Canción infantil)

Durante mi infancia, cuando todavía existía la carne rusa, veíamos muñequitos rusos y las tiendas se llamaban “La Casa Rusa”, una de las tantas incorporaciones a nuestro modo de vida eran las canciones infantiles… rusas. Para entrar a las aulas se entonaba una de estas canciones infantiles, ya fuera o no rusa, o tal vez el himno de la escuela.

Como la política no podía faltar (ni puede), nosotros cantábamos que nuestras madres eran federadas, nuestros padres milicianos, y nosotros pioneros, unos niños buenos. En mi primaria, Pepito Tey (ahora rebautizada como “José” Tey, aunque nadie la nombre así), debíamos recitar la biografía del mártir y repetirla como pioneros niños buenos, cada vez que aparecía una visita. Eso si, todo el mundo sabía quién había sido Pepito Tey y su aporte a la lucha revolucionaria. Por aquellos tiempos también se estilaba que el primer día de clases nuestras madres nos entregaban en cuerpo y alma a las maestras para que “nos abrieran la cabeza” de ser necesario, y aunque en todos los tiempos han existido niños malditos, todos repetíamos las tablas de multiplicar hasta el cansancio y seguíamos la lectura con la vista bajo pena de castigo corporal en la escuela y luego en la casa.

Se hizo trizas el campo socialista y con él se fueron la carne rusa, los muñequitos rusos y las canciones infantiles. Llegaron los apagones y el picadillo de soya para remodelar las mentes de aquellos infantes nacidos en los 80. A medida que pasaba el tiempo ya cada vez menos personas se acordaban de quién era Pepito Tey y nadie tenía deseos de repetir las tablas de multiplicación porque el dólar estaba bien caro en el cambio por la moneda nacional. Los últimos valores morales que quedaban escondidos se montaron en una balsa en el 94 y al parecer se ahogaron porque a Miami tampoco llegaron. Ya papá no era miliciano, sino constructor, y nosotros éramos “el negro ese” que había tirado la tiza. Ya no éramos más niños buenos, sino alguien al que se le había partido la “tuba” en dos.

Ese es ahora el presente, un presente que con el tiempo se convierte inexorablemente en un futuro que se disfraza de banderas y que ha cambiado las canciones por consignas que de tanto gritarse sin sentido han perdido el rumbo. No tenemos analfabetos en Cuba pero curso tras curso graduamos a cada vez más analfabetos funcionales. Analfabetos funcionales que en su momento serán padres y les inculcarán a sus hijos los mismos valores de los que ahora se ven rodeados mientras crecen: el valor de un hotel, el valor de un pasaje de avión, el valor de un iphone, el valor de la ropa “de marca”.

No podemos pretender que una persona que nunca ha visto el mar sea algún día campeón olímpico de natación. No podemos pretender que nuestros niños crezcan escuchando la frase “no estudies eso, que eso no da nada” y quieran estudiar “eso”, entiéndase maestros, agrónomos, etc. Las frases se olvidan con el tiempo mientras que los ejemplos perduran, sean estos positivos o no.

Nuestros hijos crecen en una sociedad donde muy pocas veces se responde a los buenos días desde detrás de un mostrador o un buró. Crecen donde la prole  de los que no aportan nada a la sociedad son los mejores en casi todo a su modo de ver, y visten, comen y les regalan mejores notas. No son ciegos, y no por pequeños, son tontos. Quieren ser médicos, pero no para salvar vidas sino para viajar y poder tener una casa, un playstation o un teléfono caro. Prefieren ser bodegueros que maestros, ver series coreanas antes que leer un libro, un partido del Real Madrid antes que el equipo Cuba de béisbol.

Ellos van a ser el futuro y muchos ya son el presente. Antes de discrepar, recuerda a los Pérez Roque, los Valenciaga, los Lage, los Robaina. Comieron carne rusa, vieron muñes rusos y optaron por sus caminos. Muchos más también lo han hecho a lo largo de los años y muchos más lo harán. La memoria histórica no existe para muchos, pero la realidad está ahí. Hay mucho por hacer para que la consigna “seremos como el Ché” no sea otra frase vacía.

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