Conducta, o La Habana no cree en lágrimas

Cuba es una mierda y La Habana es el lugar más asqueroso del mundo para vivir. Aunque detrás de esta frase despectiva hay mucho más, es lo primero, que al menos a mí, me vino a la cabeza tras ver la película cubana Conducta. La pude ver en mi casa, en una copia de DVD y sin pasar el infierno del calor de un cine cubano (seguro que es más fresco en el tártaro) a pesar de los reclamos de nuestra prestigiosa Alina Rodríguez. La vi en casa por dos motivos fundamentales:

  1. La copia se veía bastante bien, por lo que no dudo que haya sido una de las que se distribuyeron en los cines.
  2. Porque amén del bloqueo, la política del catalejo y hasta la contrapelusa, en Cuba es totalmente legal que un vendedor de discos piratas comercie en nuestras más concurridas calles copias de una peli que recién se estrena. ¿Y Liborio? Bien gracias, haciendo cola a ver si puede entrar al purgatorio cinematográfico.

Apartándome de corsarios y piratas disqueros, puedo decir que esta nueva entrega de Ernesto Daranas es la comidilla en la calle y que más de un guaposo ha tenido que disimular que le arden los ojos para secarse una lágrima furtiva. Si  fuera psicólogo me atrevería a asegurar que el motivo no es tanto la dura realidad del protagonista como la mezcla de esta con la banda sonora musicalizada por Juan Antonio Leyva y Magda Rosa Galván.

Esta idea me viene a la cabeza porque seamos sinceros, ¿quién en Cuba no conoce a un Chala? Más triste aún, ¿cuántos de nosotros no hemos vuelto el rostro para no darle la mano a un Chala? No soy crítico de arte, por lo tanto no hablaré de histrionismo, guiones, o maestría fotográfica, sino de la Conducta que retrata la dura realidad de los niños en Cuba.

La película comienza con una Chalaque antes de irse para la escuela tiene que entrenar palomas y alimentar perros de pelea porque de ambas actividades sale el dinero para mantener su hogar, y a su madre alcohólica y drogadicta. No importa que Chala apenas esté en sexto grado, la vida sigue sin detenerse ante esos detalles. Así el muchacho tiene sus oficinas comerciales en las azoteas de una destartalada cuartería que solo puede estar en La Habana, porque al margen de la imagen de fondo del Capitolio, dudo que en otras destartaladas cuarterías de Cuba todo el mundo cocine con gas. Por suerte el niño tiene a Carmela(Alina Rodríguez), alguien que no es su abuela pero que le gustaría que lo fuera. Carmela, su maestra desde cuarto grado lleva ya, al parecer de una “funcionaria” de Educación, demasiado tiempo dando clases. Según la misma Carmela, no tanto como los que dirigen este país. ¿Algún problema?

Por eso la maestra ve en el niño otro nieto suyo, como el que en los inicios de la película emigra a España con el sueño de que su abuela pronto estará con él. Por eso Carmela, que ha llevado por el buen camino a más de un cabezadura está dispuesta a sacar al muchacho de una escuela de conducta a donde fue a parar en el tiempo que ella convalecía de un infarto. Los de arriba piensan en la comodidad de sus cargos, ella piensa en los muchachos.

Y piensa en Yeni, la mejor alumna que tiene en su aula y que sin embargo no tiene, como tantos otros niños, un lugar oficial para estudiar por la “mala suerte” de ser de la patria chica del Comandante en Jefe y estar ilegal en La Habana junto a su papá. Su padre al final cae preso, porque ese día los polis corruptos no le pudieron quitar nada, porque nada tenía. Entonces, ¿qué lecciones nos deja esta cinta con un final más abierto que el Golfo de México?

Hace mucho que “Los Aldeanos” en su “Niñito cubano” (sin ¿malas? palabras y con mucho sentimiento) nos habían alertado del asunto. Las diferencias de clases están en todos lugares y los más afectados son los niños. Aunque duela reconocerlo, la única igualdad de una escuela es cuando todos estrenan uniforme al mismo tiempo. La calle está dura y los padres tienen que “pulirla”, como dice la mamá de Chala, para que su prole salga adelante.

Cuba es una mierda y La Habana es el lugar más asqueroso del mundo para vivir. La frase me da vueltas una y otra vez en la cabeza y sé que hay más que eso. Por eso hasta los niños juegan a “la bolita”, para al menos un día coger el premio gordo, pero como dice mi hermano: El que juega por necesidad pierde por obligación. Por eso los polis muchas veces se hacen de la vista gorda (como en un documental español sobre la prostitución infantil en Cuba), pero por suerte no todo el mundo el corrupto. Hay mucho más que eso. Mucho más que los barrios de emigrantes que emulan aquellos “llega y pón” de antes del Triunfo de la Revolución.

Me acuerdo entonces de nuestros “periódicos oficiales” y de la cantidad de “viejitos” que se nos están muriendo por estos días. Esos mismos viejitos (de los que se publica el obituario en la prensa, no de los que no pelearon en Girón, como decía el negro ese que tiró la tiza) que se fajaron a tiros en las lomas para que no hubieran Chalas,que las maestras como Carmela no vivieran en cuarterías, y que la gente no tuviera que viajar desde Oriente para vivir en almacenes destartalados y huyendo de la policía.

Cuba es una mierda y La Habana es el lugar más asqueroso del mundo para vivir. Hay mucho más que eso, por eso la gente llora y se impresiona con la Conducta que Daranas le supo dar a su película. La realidad es más dura, pero La Habana no cree en lágrimas.

Un pensamiento en “Conducta, o La Habana no cree en lágrimas

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