Cuando nos dimos cuenta de que…

Erase una vez  un mundo encantado. Las mayores preocupaciones de sus habitantes trataban sobre el bienestar del prójimo por sobre el personal. La gente era feliz y por eso los dependientes te daban los buenos días antes de atenderte con una sonrisa, las madres dejaban literalmente en las manos de las maestras la educación de sus hijos, a la par que los inconformes se quejaban de que las guaguas pasaban ¡cada 15 minutos!

La gente era feliz, al tiempo que irresponsables. Almacenes enteros de herramientas y materiales para la construcción eran literalmente tragados por la tierra porque  “un pincho de labana” venía a inaugurar una obra. La comida literalmente se botaba y las luces de los hogares permanecían encendidas para siempre. ¿Para qué ahorrar, si nuestros amigos “los bolos” nos alimentan, calzan y visten a cambio de terroncitos de azúcar, la Base de Lourdes y quien sabe que otra cositas?

Pero un día un aprendiz de brujo nacido cerca del Cáucaso comenzó a reorganizar el sistema socialista en el país de “los bolos” para poder conservarlo (el socialismo, no el país).  Nace en 1987 la perestroika. Dice la malvada y a veces ciertamente embustera Wikipedia, que el objetivo de este aprendiz de brujo de apellido Gorbachov era y cito:

Convertir el sistema de gestión centralizado en un sistema menos centralizado y adaptado al mercado moderno, para los cual se permitió cierta autonomía local, y desarrollar un programa especial para modernizar la industria y los modelos de gestión económicos que habían sido descuidados. También se pretendía luchar contra la corrupción, con la reducción del alcoholismo y el absentismo laboral, la liberalización económica, permitiendo a las empresas tomar decisiones sin consultar a las autoridades y fomentando la empresa privada y las sociedades conjuntas para impulsar la inversión.

Otras medidas fueron la introducción de contratos individuales en fábricas y haciendas colectivas (o cooperativas), reformas de moneda y sistema bancario. Según la misma vieja chismosa (Wikipedia), la perestroika prometía grandes cosas a los ciudadanos, pero los dirigentes de entonces optaron por subir los sueldos a diversas categorías de ocupados. ¿Sería a los maestros y los médicos?

La perestroika iba complementada por la glásnot, que promovía una apertura de los medios de comunicación, consintiendo cierta libertad de expresión y de opinión, lo que permitía una cierta autocrítica por parte del gobierno.

A los graciosos o mal pensados les recuerdo que todas estas medidas tuvieron lugar en la URSS a finales de los 80, no en la actualidad caribeña.

¿Qué pasó? Bueno, el 19 de agosto de 1991 los altos cargos del Partido Comunista de la URSS promovieron una intentona de golpe de estado que fracasó, y a los tres días Gorbachov, el hombre que la c… dimitió. Boris Yeltsin se montó en el caballo, la URSS se convirtió en piezas de rompecabezas y los cubanos perdimos la descrita por Triana[1] como “fraternal, solidaria y desinteresada” ayuda de nuestros hermanos “bolos”.  La maldición que el  aprendiz de brujo lanzó contra su reino provocó muchos problemas en el mismo, pero allende a los mares,  en Cuba, el comerció disminuyó en un 80% y literalmente no nos comimos un cable porque ni de eso había. Más como dice el mismo Triana, sobrevivimos.

Llegó el turismo salvador de la mano de nuestros ex enemigos “panchos” y nuestras abnegadas y nunca bien ponderadas mujeres tuvieron un peso fundamental en la economía del país. Dice un amigo que el orgullo no quita el mal olor en los pies, y ya personas no tan felices ni preocupadas por el bienestar del prójimo, descubrieron que se había acabado para siempre la burbuja en la que vivían. Los huevos que una vez les lanzaron a aquellos que en su momento eran catalogados como “escoria”, fueron recibidos de vuelta (por suerte sanos y salvos y listos para su cocción) de manos de personas ya no tan viles y ruines a los ojos de los que una vez los “huevidaron” (no tengo idea de cómo se puede decir lapidar con un huevo).

La gente no era feliz, los dependientes no te atendían, y si dejabas en las manos de las maestras la educación de tu hijo, tal vez terminaras en el ortopédico. Ya las guaguas no pasaban cada 15 minutos, pero la gente se sentía feliz al menos si pasaba. Estar en casa sin hacer nada casi siempre nos recordaba que el desayuno no existía y al menos en el trabajo escuchabas las penas de otros. Eran tiempos de “alumbrones” y ver las aventuras era un privilegio que pocos niños en el país podían disfrutar. Pero una vez más la gente a las que les tiraron los huevos, muchas veces por el solo hecho de  que sobraban los que daban por la cuota y el hecho ocurría coincidentemente con la salida de esta “escoria traidora”, se hicieron protagonistas. Con el proceso de fomentar la inversión extranjera se despenalizó el dólar y los que antes eran perseguidos en ese momento comenzaron a ser aclamados. Ya Tim no era un muchacho de barrio, porque si Tim no tenía familia “en la Yuma”, Tim no valía ni timbales.

La historia que le sigue es harto triste y conocida, pero afortunadamente el país sobrevivió, la gente sobrevivió. Fueron años difíciles, pero llegamos al siglo XXI y ¿qué pasó en Cuba? Bueno, esa es otra historia que podía comenzar así. Una buena mañana “nos dimos cuenta” que el sistema de gestión centralizado era ineficiente y obsoleto, que la economía había sido descuidada, la industria era obsoleta, había que hacer reformas financieras y monetarias, se necesitaba recuperar la “oficialidad” del contrato y un largo etc. muy similar a la Unión Soviética de los 80. Si todavía existen dudas, recordemos a nuestro Primer Vicepresidente de los Consejos de Estado y de Ministros, Miguel Díaz-Canel Bermúdez, cuando exhortaba a la prensa a ser objetiva y veraz.[2]

Pero pasó el tiempo y pasó, uno, dos, centenares de inmigrantes ilegales jugándose la vida en el Estrecho de la Florida empujados por una triste realidad y atraídos por un sueño incierto que podía costarles la vida. Un día un muchacho de nombre Eliecer y de apellido Ávila tuvo la oportunidad soñada de poder dirigir sus preguntas directamente al Presidente de la Asamblea Nacional del Poder Popular, Ricardo Alarcón de Quesada.  El hasta ese momento venerado por mi Alarcón, salió muy mal parado la verdad sea dicha, del encuentro con el jovencito estudiante de la UCI. Estoy seguro que el debate Ávila-Alarcón fue la amenaza viral más significativa de aquel año en Cuba y del mismo lo que más se repite una y otra vez en mi mente, es ver a un desprevenido Alarcón argumentar sobre una supuesta caída de los aviones si se le permitía viajar a todo el mundo en Cuba. Lo más gracioso es que a finales de 2013 un desinformado funcionario aduanero de Cuba señalaba en la prensa nacional que la reciente política migratoria de nuestro país echaba por tierra aquellos comentarios malintencionados que aludían a la seguridad de los viajes ¿Acaso habrá visto el debate o solo quiso quedar bien?

Y poco tiempo después de que un casi adolescente pudiera decirle en primera persona al presidente del Parlamento cubano que un simple obrero “afuera”, “mantenía” a varios profesionales “adentro”, “nos dimos cuenta” de que la extensa burocracia que impedía entre otras cosas viajar al exterior era uno de los tantos lastres que nos hemos inventado, muchas veces, no con las mejores intenciones.

Se tomaron medidas para “desprohibir” lo que vaya usted a saber por qué estaba prohibido, siendo la más significativa de todas la de permitir el acceso a la telefonía móvil a aquellos hijos del proletariado, aunque los mayores beneficiados, como casi siempre ocurre, fueron aquellos que tenían y valían. Con las cosas “desprohibidas” el cubano tuvo que despertar una vez más, y entre otras cosas regresar a la década de los 90 (afuera), cuando los celulares (afuera) solo ofrecían servicios de voz y el “boom” era uso de los “beepers”.  También descubrió que aunque los Estados Unidos siguen alentando la política de pies secos-pies mojados y la Ley de Ajuste Cubano, viajar para un tercermundista no es tan fácil como parece y requiere de cuantiosos recursos financieros.

Pero no solo eso, como mismo “nos dimos cuenta” de que los huevos lanzados en los 80 merecían un mejor destino, descubrimos que los despectivamente llamados “merolicos”, que incursionaron brevemente en los 90, no eran gente tan mala, y que incluso podían aportar a la economía cubana. De lo que todavía parece que no nos damos cuenta es que hacer con esos “disponibles” sin alma de merolico. Aunque poco o nada se hable o se compare, “nos dimos cuenta” de que los negocios particulares que una vez florecieron por allá por los inicios de la incipiente Revolución Cubana no significaban el fin del mundo, por lo que debían crearse las condiciones para su funcionamiento de manera legal en la actualidad. Nada, dicen que las modas siempre son cíclicas.

De lo que todavía parece que no nos damos cuenta es de que la gente va a seguir vendiendo “ropa de Ecuador” y otras latitudes, tanto por la izquierda como por la derecha, y que una solución con la que ganamos todos es crear nuevas formas de importar productos para su comercialización. Negar modas, calidad y precios, es cerrar los ojos a la realidad.

Cuando descubrimos que la compra-venta de casas y automóviles era algo de todos los días y de lo que el presupuesto del estado no percibía nadita de nada, “nos dimos cuenta” de que había que eliminar esas restricciones. Ahora incluso se prescinde de las limitaciones para adquirir vehículos de motor nuevos en las agencias correspondientes, por lo que si usted ya no desea comprarse el yate en Las Bahamas, o el penthouse con vista al mar en la Florida, tiene la posibilidad de comprarse un carrito “nuevecito de paquete” en Cuba.

Todavía uno se topa por ahí a gente que no se da cuenta de que las cosas han cambiado.  Son aquellos que susurran que a su hijo le dieron carne de res cuando estuvo ingresado en el pediátrico. ¡Señores que las vacas son casi sagradas pero a precio de onza de oro también se puede comprar su carne en una tienda en CUC, y por supuesto, que te la den de comida en un centro hospitalario! Triste que haya muchos que solo la ven pasar estando ingresados. Bueno, siempre tendremos la moringa, digo, París.

Lo curioso de este breve recuento es que la gente común y corriente que no es siquiera presidente de su CDR ya se había dado cuenta de todo, pero al parecer había que esperar, a veces una intervención casi divina, para que algo cambiara. Lo mejor es que aquellos que no se dan cuenta del cambio siguen estancados en las viejas costumbres sin que nada, nadita pase. Por eso usted se da cuenta de que la lavadora marca X echa siempre en China, y que cuesta los pesitos de cinco años de ahorro, no es de la mejor calidad, pero le pone una velita para que le salga buena porque de lo contrario… Bueno, de lo contrario es más fácil que usted ahorre cinco añitos más a que el tío de Liborio le devuelva el dinero. Todos nos damos cuenta, la prensa lo denuncia a diario, pero olvidamos lo fundamental: Los jefes están demasiado ocupados en sus reuniones como para leer la prensa y preocuparse por las metederas de pie que a diario sufre el cubano… de a pie.

Nos damos cuenta, al menos los que más sufrimos las consecuencias, que los mecanismos para elevar las quejas están igual que la mayoría de los elevadores de edificios multifamiliares en Cuba: obsoletos, llenos de inventos y hasta inservibles, sin embargo despertamos todos los días y el dinosaurio sigue ahí. Los niños de la era pre-PS4 y filmes 3D, jugaban un juego que se llamaba el teléfono. Se hacía un círculo y el que comenzaba el juego le decía al oído a su compañero de al lado una frase, este repetía lo que recordaba al siguiente, y así sucesivamente. Lo curioso es que al dar toda la vuelta la frase original había perdido toda su esencia. Lo mismo ocurre con las quejas, suavizadas hasta el infinito, muchas veces con la complicidad y el beneplácito del “nivel central”, para que los de arriba sigan felices y los de más arriba coman perdices.

Todos nos damos cuenta de la realidad en la escuela, la bodega, el hospital, el trabajo, pero mencionarlo en un ambiente oficial viene siendo uno de los pecados capitales del cubano que “no quiere buscarse problemas”. ¿Para qué, si todos los días ellos los encuentran solos? Así una vez este humilde escribidor quiso denunciar la poca capacidad de liderazgo de sus jefes cuando todavía trabajaba en Joven Club, pero para aceptar eso habría que reconocer  la poca capacidad de los jefes de los jefes. Como casi siempre sucede con el promovente, en este caso yo, me quisieron trasladar para el lácteo por aquello de hacerme la vida un yogurt, pero bueno, esa es otra historia.

¿Entonces? ¿Qué gana usted con darse cuenta, si no le pagan para eso? ¿Acaso los jefes de los jefes quieren darse cuenta de que ya nos dimos cuenta? El trabalenguas puede ser un poco peligroso. A diario se acuerda mi madre, maestra por casi cincuenta años, de la flor más autóctona de la Revolución, nuestra Celia, y de los tiempos en que escribir una queja, denuncia o inquietud al Consejo de Estado promovía una investigación muy seria y detallada del asunto en cuestión, siempre con respuestas positivas y sobre todo, resultados. Hoy las misivas son “enrutadas” hacia un Ministerio en cuestión, que casi siempre está en contra del canibalismo entre perros[3], por lo que casi seguro que todo terminará con la visita de un funcionario al demandante, asegurándole “que no había necesidad de llegar a ese nivel”, al tiempo que administra una curita a lo que casi seguro requiere de intervención divina.

Ya el cubano de a pie está cansado de caminar y cansado de darse cuenta ¿nos daremos cuenta un día?


[1] Msc. Juan Triana Cordoví, Profesor del Centro de Estudios de la Economía Cubana.

[2] La glásnot, que promovía una apertura de los medios de comunicación.

[3] Por aquello de que “perro no come perro”.

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